Lun. May 17th, 2021

Testigo de la Construcción Catedral Evangélica Chile

Jotabeche 40| Sentarse un domingo en la tarde, durante el culto del Templo Catedral Evangélica de Chile, en una banca cualquiera y como un hermano nuevo que ha llegado por primera vez, ya es una experiencia profunda que querremos guardar para siempre.

Es como si dos tiempos diferentes, dos momentos distantes en el tiempo, se juntaran haciendo una perfecta suma de pasado y presente, todo ello atravesado por una experiencia de fe que va más allá de toda época. Por eso, poder relatar como se construyó la Catedral Evangélica y luego ver como esta hoy, es un privilegio que pocos pueden testimoniar. Pues bien todavía quedan en la Catedral hermanos y hermanas que con emoción y alegría son capaces de recordar los momentos en que se pasó del templo de Jotabeche 40, al Templo Catedral Evangélica de Chile, tal como lo conocemos hoy.

Corría el año 1967 y se de aviso en Jotabeche 40, y en todas las clases y locales, que se comenzaría a construir un nuevo templo para la iglesia. Todos escuchan con atención el aviso que era, sin más el sueño del obispo Manuel Umaña Salinas y que visionariamente deseaba ahora concretar el obispo Javier Vásquez Valencia. Entre los que reciban la noticia se encuentran los jóvenes Leopoldo Osandon Carvajal y José Muñoz Muñoz . Ellos nos cuentan algunos pormenores de la construcción de la Catedral.

Lo primero que recuerdan es que al escuchar la noticia de la construcción de un gran templo para la iglesia de Jotabeche, jamás se imaginaron que iba a ser un edificio tan enorme. Solo se convencerían cuando lo estuvieran construyendo personalmente. El trabajo comenzó con al demolición del antiguo templo de Jotabeche 40, pero no sería fácil, ni emocional ni físicamente. En lo emocional los hermanos sentían dolor y emoción al derribar el templo que había sido por tanto tiempo el lugar donde se reunieron para alabar a Dios y sentir su gloriosa presencia. Como se iban a olvidar de esas grandes reuniones llenas de la gracia del Señor.

Pero en la que respecta al aspecto material, se cuenta que muchos lugares del templo fueron muy difíciles de derribar. Sus firmes muros y columnas presentaron formidables batalla contra los combos que a mano alzada se batían contra ellos. Muchas de las columnas tardaron días en rendirse, hasta finalmente caer vencidas. Muy poca gente lo sabe, pero los restos y escombros del antiguo templo de Jotabeche 40 fueron a parar al sector de los Copihues, en los alrededores de lo hoy es la Clase Catamarca.

Una vez removidos los escombros comenzó el trabajo de edificación. Las tareas eran repartidas por turnos y en cuadrillas. Pero muchos hermanos no podían entregar todo su tiempo para trabajar en esta obra, de modo que era usual que se pasaran de sus propios trabajos , ya cansados, para cumplir con sus obligaciones en la construcción del nuevo templo. Pero lo hacían de buena gana porque sabían que Dios habría de bendecir todo su esfuerzo. El hermano Leopoldo Osandon agrega que todos los hermanos y hermanas se involucraron, de una forma u otra, para concluir con esta tarea que entendían como una tarea de Dios.

Nuestros hermanos cuentan que si un hermano estaba impedido físicamente o no podía caminar, simplemente se sentaba en algún lugar a “enderezar clavos”. No cabía duda, todos eran útiles para trabajar en esta gran obra de Dios. El hermano José Muñoz recuerda a los rondines, hermanos que llegaban de noche a la construcción para cuidar la edificación en los turnos nocturnos.

Ambos hacen mención especial a las hermanas de la Iglesia que con tanto esmero se dedicaron todos esos años a preparar los almuerzos y otros refrigerios para los hermanos constructores. Nunca fallaron las hermanas, con sol o con lluvia, señoritas y dorcas de todas las clases se hacían cita para alimentar a quienes trabajaban.

| La presencia de Dios en medio de la construcción

Nuestros hermanos Osandon y Muñoz hacen mención especial a esos días en que las faenas de construcción se convertían en verdaderos cultos espirituales. De partida, cuando las tareas de día comenzaban, estas se abrían con oraciones y cantos para el Señor. Los hermanos obreros en estas faenas de construcción jamás se olvidaron que por sobre todo eran adoradores del Dios de la visa. Hubo ocasiones en que esos bendecidos momentos duraban todo el día. Mientras trabajaban, se seguían sintiendo la presencia de Dios, de manera que eran capaces de cantar toda la jornada de trabajo.

Otros eran tomados danza y no podían para la manifestación del Espíritu Santo entre ellos. El señor se encontraba en medio de esa construcción. Cuenta el hermano Osandón que hubo hermanos que llegaban enfermos a trabajar a la Iglesia, con mucho sacrificio, pero ahí, entre tablones y concreto, eran sanados; se iban “sanitos”, recuerda el hermano ciclista y voluntario de nuestra iglesia. Gracias a esta presencia, siempre hubo comunión y armonía, a pesar de las diferencias y roces propios de quienes discrepaban acerca de cómo hacer una faena especifica.

| Un recuerdo especial se merece el Obispo Javier, quien todos los días se presentaba en la obra, sin faltar jamás, para constatar los avances.

Siempre lo vimos ahí entre nosotros, comenta el hermano Muñoz, compartiendo con todos. Los alentaba con sus palabras. Los hacía reír y a veces llorar por las palabras inspiradas que salían de su boca. Era un llanto de gozo por la presencia del Señor. Incluso el obispo Javier concurría a compartir la mesa de los hermanos trabajadores y comía como uno mas entre ellos, ahí sobre los tablones.

Estos son los recuerdos de quienes estuvieron ahí, cuando recién se levantaba la que hoy es reconocida como la Catedral Evangélica de Chile. El hermano Leopoldo Osandon se emociona al ver prosperada la iglesia. “Esto huele a Umaña”, dice, por que se trata ni más ni menos del sueño que un día tuvo nuestro primer obispo. Nuestro hermano José Muñoz dice que la iglesia de hoy debería seguir con el mismo cariño con que se trabajo en ese tiempo. “Nos ponemos como ejemplo para que otros lo sigan”, agrega. Sin duda alguna, hay mucho por seguir trabajabdo en nuestra iglesia , terminan por reflexionar. Que esta narración sirva para que los más jóvenes se inspiren y para los ancianos cobren fuerza recordando lo que fue su trabajo cuando se pasó de Jotabeche 40 a la Catedral Evangélica de Chile.

 

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